El que n’ha dit la xarxa…

Us compartim la crítica que va fer “La Boca d’Or” després de la projecció i ruta “La guerra a la reraguarda”, activitat realitzada juntament amb Androna Cultura.

 

“El otro día dije que en otro momento hablaba de ‘Transmissions’, el documental que cerraba la ruta por la vida en retaguardia durante la guerra civil que organiza Androna Cultura. Pues eso:

‘Transmissions’ es un documental de Jordi Algué Sala sobre la vida recordada por su abuelo, Lluís Sala, que participó en la guerra civil encuadrado en una sección de transmisiones y que ahora transmite su memoria al nieto que pregunta. No es una cinta militante. No hay aquí la lucha por unos ideales de un joven comprometido con la República, no es esa la intención de Algué Sala, historiador. A Lluís Sala lo mandaron a la guerra, con los que perdieron. Lo llamaron a filas y punto. A todos nos mandan a filas cada día y ahí andamos en la fila para pasar por caja, en la fila del paro, en la fila esperando el autobús, o esperando a secas.

Nacido el 1915, perfectamente lúcido a sus 98 años, explica como aquel joven agricultor, hijo de agricultores, que quería ser maestro o músico, fue alistado en los primeros días de la guerra y encuadrado en la 27 División, formada por el grueso de lo que había sido la columna Carlos Marx, integrada mayoritariamente por voluntarios del PSUC bajo el mando de José del Barrio. Lluís Sala llegó a la División tras unos meses de instrucción, una especie de cursillo con poca teoría y nula práctica, ya que ni siquiera llegó a empuñar un fusil.

La 27, conocida como La Bruja porque aparecía en cualquier sitio en cualquier momento, era una división de choque y no se perdió ni un sarao en el frente. Sala se comió esos dos años, un día detrás de otro, salvo unos días de baja por tifus. Como ametrallador marchó sobre Zaragoza. No la tomaron, pero por el camino se aprovechó para desmantelar todo lo que había organizado CNT -FAI. Luego fueron a los frentes de Jaca y Teruel. Sala pidió el paso a transmisiones y pasó de ametrallar a ser ametrallado. Los de transmisiones son esos que van tirando cable llueva plomo o nieve metralla para comunicar frente avanzado con central de mando y que nadie se pierda por el camino.

Lluís Sala participa en la batalla de El Merengue, en el frente del Segre, una de esas colinas con nidos de ametralladoras que en las películas, y en la vida, controlan los malos. A los 2000 muertos, algunos de ellos cargando sin armas, Sala recibe la orden de retirarse. Hay que reservar fuerzas para preparar la ofensiva del Ebro, último cartucho republicano. Lo de último cartucho dejará de ser una metáfora en más de una ocasión en los 117 días que durará la batalla.

El batallón de Sala sólo combatirá un día en la batalla del Ebro. No dio para más. 800 hombres salieron de buena mañana. A las ocho de la tarde sólo quedaban 83. Los supervivientes pasan su última noche en el frente durmiendo en el cementerio de Corbera para reponer fuerzas e iniciar la retirada. La 27 ha sido descuartizada y ya no podrá participar en la campaña de Catalunya. Lluís y sus tres compañeros de transmisiones cruzarán los Pirineos.

El gobierno francés se coge la liberté, la égalité y la fraternité con pinzas y se pasa la dignité por el forro de los cojones de un senegalés y Lluís Sala y sus compañeros pasarán por el campo de Sant Llorenç de Cerdans primero y Septfonds, después. El concepto Gîtes de France no está muy desarrollado y muchos morirán debido a las condiciones infrahumanas en las que se encuentran. La principal ocupación será matar piojos, lo más cerca que habrán estado muchos de matar a un fascista.

Lluís Sala volvería clandestinamente a su Callús natal, donde se casaría y aún vive con su esposa. Fueron años de miedo y silencio. El Régimen no te perdonaba la vida, te aplazaba la muerte, hasta que te acostumbras a ser un muerto viviente. En los 70, a la muerte del dictador, Sala recuperaría su pasión por la historia y se especializó en la guerra civil, de la que llevaba un minucioso diario redactado en sus años en el frente. Era un deber que se imponía bajo la apariencia de hobby, esperando a que alguien empezara a preguntar.

Sólo por escuchar a Lluís Sala, siempre con la sonrisa cargada, ya vale la pena ver ‘Transmissions’. Pero hay más. Está el dolor de su esposa por el hermano muerto, el recuerdo de los chavales del biberón enviados al matadero y el paseo por los escenarios del pasado, la visita a algunos espacios de la memoria en Francia que más que cultivar el recuerdo parecen cultivar roquefort… y más cosas. Si el equipo de transmisiones caía, todo el batallón estaba perdido. Si falla la transmisión, los que venimos detrás estamos perdidos y el mañana se queda en un desvaído adverbio de tiempo. Desde lo alto de El Merengue nos siguen barriendo.”